En 1921, trabajadores rurales de la provincia de Santa Cruz –por entonces Territorio Nacional– se alzaron en una huelga buscando condiciones laborales más humanas y salarios justos. Lo que empezó como una lucha legítima, terminó con una represión feroz que dejó más de 1500 obreros fusilados. Los hechos reflejan cómo el poder económico de los terratenientes se articuló con el poder del Estado para aplastar las aspiraciones de justicia social.
A principios del siglo XX, los trabajadores rurales de la Patagonia estaban sometidos a condiciones de explotación extrema. Los terratenientes mantenían a los obreros en situación de semiesclavitud, con salarios irrisorios, jornadas laborales interminables y un régimen de terror ejercido por los capataces.
La respuesta de los obreros a esa situación fue la organización. Bajo la influencia de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), comenzaron a formar sindicatos en el sur, centro y el norte de Santa Cruz. Con figuras como Antonio Soto, José Font (conocido como Facón Grande), Ramón Outerello y Albino Argüelles, articularon demandas resueltas en asambleas.
Exigían aumento de salario mínimo, reducción de la jornada laboral a ocho horas, fin del hacinamiento en dormitorios, sábado franco, mejores raciones de alimentos y la presencia de un delegado por estancia, algo que fue rechazado de plano por los estancieros y la Sociedad Rural que veían amenazado su poder, porque la representación de un delegado del sindicato por estancia garantizaba la comunicación y organización de la lucha en todo el territorio de trabajo.
La huelga de 1921 fue un ejemplo de lucha obrera organizada.
En 2024 se cumplen 103 años de un hito de organización y lucha por los derechos laborales en Argentina.
A pesar de la falta de sindicatos fuertes y de una estructura organizacional consolidada, los trabajadores lograron movilizarse en grandes números y recorrieron a caballo grandes extensiones para organizarse y comunicarse. Enfrentaron la hostilidad de los terratenientes y de las fuerzas del Estado.
El gobierno del Presidente Hipólito Irigoyen, a través del ejército argentino, decidió responder con represión. El teniente coronel Héctor Varela fue enviado con tropas a la región para sofocar la huelga. Se recurrió al uso de la violencia extrema para desmantelar cualquier posibilidad de organización obrera. La masacre que siguió fue brutal: más de 1500 trabajadores fueron fusilados, en un acto de violencia institucional y cobardía que terminó con las aspiraciones de los obreros rurales.
Este episodio ilustra el vínculo estrecho entre el poder económico y el poder estatal en la Argentina de principios del siglo XX. Los terratenientes, que veían en los obreros rurales un obstáculo para maximizar sus ganancias, utilizaron al Estado como una herramienta para sofocar la protesta. La represión fue directa y el ejército actuó como brazo ejecutor de los intereses de los grandes terratenientes, mayoritariamente ingleses.
En su libro La Patagonia Rebelde, Osvaldo Bayer documenta minuciosamente cómo la violencia no sólo fue un acto represivo, sino una herramienta utilizada para garantizar la perpetuación del sistema de explotación. El uso del ejército para defender los intereses de los terratenientes dejó una marca indeleble en la memoria colectiva de la clase obrera, que pagó con su vida la lucha por condiciones de trabajo y salarios dignos.
Hoy, a 103 años de la masacre, la memoria de los obreros rurales sigue viva. La Patagonia Rebelde es símbolo de resistencia y lucha, de la importancia de la organización obrera frente a un sistema que busca concentrar el poder en manos de unos pocos.
Desde la Asociación Trabajadores del Estado (ATE) no sólo homenajeamos a los obreros rurales que lucharon y fueron masacrados, sino que también continuamos su pelea por un país y un mundo más justos. Creemos firmemente en el internacionalismo, en la unidad de los trabajadores de todas partes del mundo, para enfrentar y vencer las injusticias y opresiones.
La huelga de 1921, y su trágico desenlace, nos recuerda que las demandas de justicia social, laborales y salariales son siempre una amenaza para aquellos que detentan el poder económico. Nos enseña también que el sacrificio de los obreros no fue en vano, a la luz de los años su lucha fue inquebrantable. El ejemplo de estos trabajadores, que se levantaron ante un sistema profundamente injusto, sigue siendo un faro de inspiración. La memoria de la Patagonia Rebelde nos llama a seguir luchando, a defender nuestros derechos y a no permitir que el poder de los terratenientes y del Estado oligárquico sigan dictando el destino de las y los trabajadores.